En el diario El Mercurio del día domingo 13 de Agosto apareció, en el suplemento Artes y Letras, una columna del arquitecto Sebastián Gray, que -debo confesar- reproducimos integramente sin ningún tipo de permiso, todo porque se condice con un tema que comentáramos anteriormente en nuestro blog. El problema de las viviendas sociales.
Domingo 13 de agosto de 2006, Artes y LetrasSebastián Gray Casas, casetas, casitasLos pobres de Chile siguen siendo tratados como tales, recipientes de una caridad mal disfrazada de progreso, sin capacidad de decidir dónde y cómo quieren vivir.Foto:Pablo Mardones
El problema de la vivienda social es el de la integración social.Incluso hablar de calidad es insuficiente: de poco sirve una habitación más, o un mejor techo, si se sigue estigmatizando a un sector de la población.
Tras veinte años de una política estable de financiamiento para la vivienda social, parece oportuno evaluar algunos resultados y tomar postura frente a los desafíos que persisten. En este período, el sector privado ha participado de manera importante en la construcción masiva de viviendas, mientras que el Estado ha experimentado con subsidios en diversas fórmulas que han logrado reducir significativamente el déficit de vivienda básica, llegando hoy a las 500.000 unidades. Sin embargo, es obvio que no hemos logrado soluciones satisfactorias y, gracias al sostenido desarrollo económico de las últimas décadas y la consiguiente evolución de estándares y actitudes, la sociedad entera comienza a distinguir entre la mera solución de un problema cuantitativo y aquél de la provisión de calidad, dignidad y oportunidades.AbismosHecho evidente el abismo entre pobres y ricos, finalmente comprendemos las verdaderas implicancias de una política de vivienda social que por generaciones ha fomentado la segregación y la desigualdad, dividiendo a la ciudad en dos, y que hoy nos pasa la cuenta. Es probable que buena parte de nuestros males urbanos (la drogadicción, la delincuencia, el vandalismo, la indiferencia) se deba a la actitud condescendiente y clasista que históricamente ha subyacido nuestras políticas públicas de vivienda: desde los rigurosos conjuntos de habitación obrera de comienzos de siglo, pasando por los campamentos de emergencia -que devinieron permanentes- y las poblaciones "marginales" de los años '60 y '70, hasta las "erradicaciones" (la propia etimología del término manifiesta el drama de la operación) efectuadas durante el régimen militar. En todos estos casos, la vivienda social ha sido concebida como una imposición que justifica mínimos estándares con el fin de maximizar los recursos, y de esta manera hemos ofrecido construcciones inaceptablemente precarias, enormes conjuntos excesivamente densos, carentes de servicios y equipamiento comunitario, y sobre todo pésimamente localizados en la periferia por el bajo costo de los terrenos: siempre lejos, lejos de todo, lo más lejos imaginable.PosibilidadesAparentemente, la vivienda social ha sido diseñada a la medida de las posibilidades y principios de cada época: por largo tiempo las mediaguas de tablones nos parecieron aceptables; más tarde, la provisión de un terreno urbanizado con una caseta sanitaria (las inversiones fundamentales) parecía un logro, el mismo que ahora es convertido en escándalo por una prensa majadera e ignorante. Hoy en día se ofrece una vivienda más completa, financiada por una combinación de ahorro previo, un subsidio estatal a la empresa constructora privada, y un crédito hipotecario. Si bien este sistema ha servido para suplir en cantidad, adolece de irremontables defectos: al subsidiarse la oferta, la empresa privada decide unilateralmente qué hacer y dirige todos sus esfuerzos a la generación de utilidades, lo que explica la construcción repetitiva y a gran escala de la vivienda más barata posible en terrenos sin valor, y explica también la falta de incentivos a la innovación en construcción y diseño. El resultado es que los pobres de Chile siguen siendo tratados como tales, recipientes de una caridad mal disfrazada de progreso, sin capacidad de decidir dónde y cómo quieren vivir, y de todas maneras sin oportunidades de surgir. Sólo recientemente se ha comprendido la necesidad de ajustar la política habitacional a una visión global de ciudad y sociedad, creando programas que promueven conjuntos de menor tamaño, con la exploración de nuevos y mejores tipos de vivienda, con planes de apoyo social y sin el crédito hipotecario que se ha convertido en un lastre, así como programas que fomentan la renovación, densificación y rehabilitación en áreas urbanas consolidadas, los mismos barrios donde muchas familias allegadas viven actualmente, y que no están dispuestas a desarraigarse sólo porque "el sistema" los obligue. Ahí donde el mercado no pudo, el Estado vuelve a tomar las riendas.El problema de la vivienda social es, en el fondo, el problema de la integración social. En este sentido, incluso hablar de calidad es insuficiente: de poco sirve una habitación más, o un mejor techo, si se sigue estigmatizando a un sector de la población al ofrecerle una casita experimental multicolor y mal localizada, de todos modos identificada con la pobreza. La verdadera integración implica, precisamente, hacer desaparecer las diferencias, tanto físicas como sociales. El ámbito físico de lo construido es el primer paso, y la clave aquí es la mímesis; es decir, que la vivienda sea indistinguible de la de cualquier ciudadano, y que corresponda a su entorno geográfico y cultural. El subsidio, entonces, que por décadas se ha dirigido a la oferta, debería entregarse directamente al comprador para que pueda elegir sin restricciones, según su gusto y expectativas, entre todas sus opciones disponibles. ¡Qué notable efecto tendría esto en el mercado, finalmente compitiendo por calidad!Sin duda que esta pertenencia física haría posible, tal vez en el curso de una generación, una efectiva integración social, una cultura de la oportunidad, la que en todo caso debería ser apoyada con programas e inversiones que valoricen la vida de barrio en sectores desaventajados, mediante excelente equipamiento comunitario, espléndidas áreas verdes y educación pública de primera calidad, y que además promuevan el tiempo en familia, especialmente el de las mujeres jefas de hogar, mediante jardines infantiles decentes y una real flexibilidad laboral. Se habrán terminado para siempre las pomposas inauguraciones de casitas de laboratorio, y habremos inaugurado una nueva era de esperanza.